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Esperanza

  Si hace un año, alguien le hubiese dicho que aquella mañana la iba a pasar allí sentada, le hubiera tildado de loco.

   Pero ahora la cosa había cambiado, y mucho.

   Un rayo de sol atravesaba la ventana sorteando el sucio rastro de gotas de agua que ayer fueron capaces de volar; no dejaba de ser una metáfora de su situación, pero a aquel haz de luz le daban igual sus pensamientos, alargaba su cálido brazo hasta alcanzar por fin su blanquecino rostro para deslumbrarla.

   Una sensación de asco nació súbitamente en su interior y pudo seguirla en su avance desde el estómago a la boca, era un preludio de lo que sabía que vendría después; la boca le amargaba como si la tuviese llena de hiel, y su cuerpo ardía como si aquel veneno que le metían por las venas fuera fuego líquido.

   Hacía unos meses que su cuerpo se había revelado contra ella, el diagnóstico fue claro y la solución única. Por primera vez en su vida no tuvo que pensar que camino escoger, solo había uno posible aunque como siempre, el final volvía a ser incierto.

   A su alrededor podía ver el avance implacable de aquella enfermedad, era su futuro reflejado en ojos ajenos llenos de dolor, pero había algo más que no podía explicar, algo que continuaba allí, aunque pasasen los días. Aquellos que no reflejaban esa luz en su mirada pronto dejaban de acudir a su cita con las agujas, y por más que ella se miró en el espejo fue incapaz de encontrarla en sus propios ojos.

Su cuerpo se había consumido igual que aquellos cigarros que abandonó algún día en un cenicero, su piel era ahora gris y cuarteada, y dejaban al trasluz unas venas que cada vez eran más azules, el pelo se le caía a girones, pero no quería dejar de cepillárselo cada mañana. Su vida transcurría entre aquella anodina sala y el inodoro de su cuarto de baño, en un circulo vicioso en el que se había convertido su existencia.

   Aquella mañana, sentada en el acostumbrado asiento de color rojo, esperaba a que la enfermera le inyectara la dosis de aquel día; otro día más, otro día menos. Era la hora indicada, y de nuevo aquel rayo de luz acudió a su cita y le acarició la cara, pero aquel día decidió no apartar la cara; dejo que aquella caricia imaginaria le rozara por un instante y con ella, algo cambio.

    Miró al sol por un instante para descubrir que aquello que cegaba su vista, tambien era capaz de calentar su cuerpo, de alimentarlo.

   Entonces la enfermera le clavó la aguja, y aquel líquido verde empezó a invadir de nuevo su cuerpo, era como aquel rayo de sol, a la vez que la quemaba, le ofrecía la palabra que había estado buscando en su propia mirada.

Esperanza.

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El día en que me convertí en una planta

Me miro en el espejo, y aún no puedo reconocerme.

Se dice que lo que no mata engorda, pero os puedo asegurar que no es cierto, este maldito bicho no ha conseguido matarme, pero si me ha dejado con 25 kilos menos.

Todo empezó a mediados de marzo, con toses, y fiebre, soy fuerte; no le hice mucho caso, mis proyectos y mi trabajo eran demasiado importantes como para parar; mi vida transcurría fluida, sin demasiadas preocupaciones hasta aquel día 28 de mazo de 2020, en el que la fiebre y la tos se hicieron ya insoportables.

Allí estaba, en urgencias, territorio desconocido para mí, la sala era lúgubre, me acompañaban otras personas que estaban más o menos como yo, cabizbajas, temiendo lo peor; unas pocas pruebas y acabé ingresado en planta, donde aún permanecí un par de días más. Cuando las fuerzas no me dejaban ya ni comer, un ángel apareció en mi habitación y me llevó a la UCI, era la doctora que un mes y medio después me salvaría la vida, mi preciada madre Carmen.

Después de varias carreras por los pasillos del hospital me sedaron y permanecí dormido durante unos 40 días en los que me debatí entre la vida y la muerte.

Ese tiempo de sueño estuvo plagado de las peores pesadillas que se puedan imaginar, la creatividad se volvió en mi contra y la tortura de esas historias terribles sin final se apoderaron de mí. La realidad se mezclaba con la fantasía en un bucle en el que no podía saber si estaba despierto o por fin había muerto. Jamás las olvidaré.

Y entonces llegó el día, debieron retirarme poco a poco la sedación, y finalmente pude despertar para descubrir que me había convertido en una planta. Allí, frente a mis ojos estaba el techo de aquel agujero, donde la luz artificial lo inundaba todo, e innumerables alarmas sonaban por doquier abotargando mis oídos. Personas que parecían astronautas iban y venían sin cesar, sin darse cuenta que allí, boca arriba, estaba yo por fin despierto. Intenté llamarles, pero no podía hablar, entonces intenté levantar un brazo para llamar su atención y descubrí que no podía mover un solo músculo en todo mi cuerpo, me había convertido en un vegetal.

Acaso merece la pena vivir así, la pesadilla no había hecho más que comenzar, el miedo, la incertidumbre se apoderaron de mi. Miraba a los lados de mi cama y descubría que estaba rodeado de un abismo infinito que me impedía salir de aquel lugar. Tubos entraban y salían de todo mi cuerpo, en un empeño por alargar aquel sin sentido. Las lágrimas ahogaban mis gritos mudos, mientras intentaba pedir ayuda o tan solo un poco de agua, fue así como descubrí que la felicidad está en beber un simple vaso de agua fresca cuando uno está sediento.

Totalmente dependiente para sobrevivir, me di cuenta de que todos somos totalmente dependientes de nuestros semejantes, y que muy pocas veces tenemos la capacidad de dirigir nuestro destino, llevo toda la vida haciendo planes y una y otra vez la realidad se encarga de rectificar mi camino, y es que es la relación que tenemos con los demás, lo que hace mover el mundo.

Aquellas personas, ajenas totalmente para mi, se convirtieron en mi sostén vital leyéndome los labios; así descubrían, no sin mucho esfuerzo, mis necesidades más básicas y vitales, ellos son sin duda alguna los verdaderos héroes de esta historia, enfrentándose a la certeza de un monstruo invisible que amenazaba sus vidas y las de sus seres queridos. Siempre dispuestos, siempre con una sonrisa, con una palabra de aliento, con una esperanza que te mantiene agarrado al precipicio e impide que te dejes vencer por ese reto tan monumental. Doctores, enfermeros, auxiliares, celadores, limpiadores, fisioterapeutas y demás profesionales realizando una labor para la que no estaban ni preparados ni dotados. Es la representación desesperada de la lucha entre David y Goliath.

Los médicos y enfermeros me devolvieron la vida, me dieron más tiempo para vivir con mi familia, mi mujer, mis hijos, mis padres y hermana, y mis suegros, Más tiempo para compartir con mis amigos, mis clientes y compañeros.
 
Los fisioterapeutas me han devuelto la libertad y la esperanza de recuperar el control sobre mi cuerpo, con ellos he aprendido a comer, a levantarme de la cama, a ponerme en pie y caminar, a subir escaleras y mover los brazos, algo que hace apenas un mes me parecía totalmente imposible.

Ahora un nuevo futuro se abre ante mi, más consciente, más paciente, más dependiente; son las enseñanzas que me tenía reservadas esta pesadilla y que he tenido que aprender a base se esfuerzo y dolor, de soledad, de parálisis.

No cometas el error de pensar que esto solo le pasa a los demás, protégete, ponte la mascarilla, los guantes, mantén la distancia de seguridad porque la ruleta rusa sigue ahí, esperando la oportunidad de apresarte y poner en riesgo todo aquello que eres, todo lo que tienes y todo lo que haces.

Dos años después de escribir esta entrada, te invito a que descubras los aprendizajes que extraje de esta experiencia en La cicatriz.

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Año nuevo, viejos errores

 Acaba de nacer un nuevo año, y con él, llegan momentos de reflexión, de propósitos y objetivos tanto a nivel personal como profesional, caldo de cultivo a una esperanza que quizá te esté matando lentamente. En años anteriores has hecho lo mismo, y no ha funcionado. Puedes volver a buscar frases en internet que te empoderen, aunque en este post no las vas a encontrar; quiero acercarte a un modo distinto de enfocar tus anhelos, tus aprendizajes, tus deseos, y luego, ya sabes, #Túdecides

   Como parece que las listas funcionan en las entradas de un blog pues ahí va mi propuesta para romper con algunos paradigmas implantados en el mundo del crecimiento personal, el emprendimiento y el cambio profesional.

   Este nuevo año no tiene por que ser el mejor año de tu vida. Y es que en realidad comerse las uvas cambia muy poco la película que estás viviendo (espero no haberte hecho spoiler). Necesitarás estar dispuesto a cambiar el guión, los actores, el escenario e incluso al protagonista, y esto, seamos sinceros, cuesta y mucho.

   Hablemos de objetivos, esos que debemos poner en un papel y que están escritos desde la escasez, el ansia y el ego. ¿Verdaderamente necesitas aquello que te has propuesto?, incluso aun cuando sabes que te hace daño. Si has dedicado menos de 1 hora a pensar en tus objetivos y en el precio que tendrás que pagar por alcanzarlos, en el peor de los casos quizá lo consigas, para descubrir el año que viene, que eso no te hace feliz.
 
   Cuando de objetivos se trata, en ocasiones se apela a la manida frase

Si quieres, puedes.

   Desengáñate, lo que quieres en la vida tiene más que ver con tus deseos que con tus pensamientos; es extremadamente complejo aprender a controlar esos deseos y es por ese motivo que lo que «realmente quieres» acaba ocupando el espacio de lo que necesitas. No digo que sea imposible, aunque debes aprender primero a perdonarte por fracasar; y es que es más importante aprender a gestionar tus emociones y deseos que lo que te hayas propuesto alcanzar, sea lo que sea.

   Si estás trabajando y te sientes a disgusto, no lo dejes para emprender, este no es motivo suficiente para embarcarse en un proyecto que, probablemente, precisará más tiempo del que puedas imaginar. Emprender es mucho más que cambiar de trabajo o ser tu propio jefe, muchísimo más. Vas a perder dinero, te van a engañar, trabajarás muchas más horas, aunque si aún así sigues pensando en hacerlo, busca a personas que ya hayan conseguido lo que tu buscas y escúchalos atentamente.

   Revisa aquello de ti de lo que más orgulloso te sientas; eso que enarbolas como tu mayor virtud es probablemente lo que más daño te hace. Los demás lo saben y lo utilizan contra ti. Y en cuanto al talento, no te equivoques, está sobrevalorado, no es el talento lo que vende, sino el valor que ofreces, los problemas que resuelves y a cuantas personas ayudas a resolverlos.

   Acostúmbrate a parar para respirar conscientemente, para tomar perspectiva, para pensar, o descubrir lo que sientes; derriba a ese Dios que gobierna tu mundo desde tu muñeca. Tu tiempo es tu mayor activo y por lo tanto no puedes ser su esclavo. Descubre el poder de la paciencia, y comprende que cada cosa tiene su momento, su proceso y su lugar.

   La vida es éxito a raudales, abundancia por todas partes, y sin embargo  nosotros, los seres humanos, la identificamos con aquello que tenemos o con aquello que hacemos; asómate a la vida por otra ventana distinta y descubre que es constancia, amor, y presencia en el aquí y el ahora. Si quieres probar las mieles del éxito, primero conócete a ti mismo, que es además, el camino más directo a comprender a los demás. Eso si que es libertad.

Olvídate de lo que ves, pues no es lo que tu crees, sino una invención creada por tus sentidos, tus creencias y tus emociones. Para conocer la verdad necesitas confiar en tu intuición e indagar las enseñanzas que se encuentran detrás de cada grito que das, detrás de cada lágrima que derramas, detrás de cada decepción, detrás de tus huidas y tus fracasos.
 
 
 

   Espero que algunas de estas reflexiones te ayuden en tu camino, aunque nunca debes olvidar que cuestionarse cada idea que te llega es el camino hacia tu verdadera maestría.

 
 
 Feliz año nuevo

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El pellizco

    Tranquila es la vida envuelta en el cálido abrazo de la rutina, cuando todos los días son iguales y el tiempo pasa, y se enfría como una infusión que ha sido olvidada sobre alguna mesa. Plácidamente flotas por la existencia como una burbuja que se deja mecer por el viento, pensando que es tan perfecta, que tendría que ser eterna, hasta que un día te da un pellizco y de buenas a primeras comprendes la verdad. 
 
 
 
   La burbuja estalla, y miles de gotas se precipitan al vacío sin comprender como llegaron hasta allí. 
 
 
   Entonces llega el dolor, el dolor de entender cuál es la única prioridad que existe, la prioridad de seguir viviendo, de volver a flotar y vivir aunque solo sea un día más el sueño, ese que solo hace unas horas menospreciabas. 
 
 
   Y comprendes que vivías caminando sobre el filo de una navaja, a un solo traspiés de ser laminado, de desaparecer sin darte cuenta, y ves como los demás siguen allí, funambulistas sonámbulos de vidas que se olvidaron vivir. 
 
 
   Y entonces buscas de nuevo esos ojos en los que ni te fijaste, esperando que se abran de nuevo para encontrar en ellos el brillo de la esperanza, la esperanza de una sola mirada más que permita un adiós, ahora ya casi inalcanzable. 
 
 
   Y acompasas tu respiración con la suya, intentando que no pare, hasta que te das cuenta de que su fragilidad es la tuya, ese hilo tan fino es el que te mantiene unido a aquellos que amas, y que sin él, perderías para siempre. 
 
 
   Y pasan los días, ahora eternos, a la espera de una señal, mientras el frío hace tu aliento tangible, y los pasos hacia su destino te dan miedo, miedo a sentirte tan frágil, tan volátil, tan insignificante. 
 
 
   Y a tu alrededor sientes el dolor del tiempo terminado, preámbulo de un futuro incierto; son las gotas de esa burbuja que acaba de estallar, y que se hacen lágrimas, surgiendo como un tsunami que llega a la playa tras ser anunciado, y lo arrasa todo a su paso, y ves cómo durante ese tiempo congelado en vidas ajenas, el dolor deja solo desconsuelo y soledad. 
 
 
   Y entonces, se obra el milagro, el milagro de poder ver al otro como lo que realmente es, solo un ser humano desnudo frente a la única verdad, y te abre los brazos para sentir un latido, aunque sea extraño, pero sin duda capaz de evitar ser arrastrado por la tristeza, y siente tu calor y tú el suyo, y sus lágrimas, mojan tu cara, y comprendes que una nueva oportunidad nace allí, la oportunidad de comprender que solo te queda el presente, ese instante tan esquivo que tiene la habilidad de esconderse entre las sombras de tu rutina.
 

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El Aniversario

   María y Juan eran matrimonio desde hacía 15 años; vivían en un maravilloso apartamento en la calle Serrano de Madrid; desde su cuarto piso podían disfrutar las vistas de la ciudad. El ruido de la gran urbe se filtraba por las ventanas desde donde podían escucharse el rugido de los coches, las sirenas de la policía y hasta los ladridos de los perros.
 
 
   Era una fría tarde de invierno, como aquella en la que decidieron unir sus vidas diez años atrás contrayendo matrimonio. Habían decidido celebrarlo por todo lo alto con una cena romántica a la luz de las velas.
 
 
   María se dispuso a preparar la mesa frente a la ventana, le parecía el lugar perfecto para disfrutar de aquel momento junto a su esposo, desde allí se disfrutaba la vida cotidiana de la ciudad. Mientras, en la cocina, Juan preparaba una rica cena compuesta de mariscos y carne; intensos aromas se dispersaron por todo el apartamento anticipando el gran banquete mientras a luz de la velas le daban al salón su aspecto más íntimo y romántico.
 
   María había comprado uno de los mejores vinos que había podido encontrar, sabía que a Juan le encantaría disfrutarlo, y aunque a ella no le gustaba beber alcohol, la ocasión lo merecía. Colocó la botella cerca del plato donde Juan comería, convirtiéndose sin pretenderlo, en el protagonista de la mesa.
 
 
   Juan terminó de preparar la cena y se dirigió a su habitación para vestirse para la ocasión con su mejor traje y corbata mientras María, ya preparada, se quedó sola en el salón, momento que aprovechó para descorchar la botella de vino. 
 
   Con delicadeza dejó el corcho sobre la mesa, metió su mano en el bolsillo y con mucho cuidado, sacó un pequeño sobrecillo que abrió con sigilo, para verter su contenido dentro de la botella. Un polvo blanquecino que enturbió por un instante el rojizo color del vino, para después, recuperar su color inicial. 
 
   Tras dejar la botella en su lugar, María se dirigió a la cocina donde tiró el sobre a la basura mientras una lágrima mojaba su mejilla. Después, se sentó en el sofá a esperar a Juan cuando de repente, escuchó como la puerta del apartamento se abría a su espalda, y vio como un desconocido con pasamontañas entraba y se dirigía a ella para agarrarla fuertemente con su mano derecha para inmovilizarla, mientras con su mano izquierda tapaba su boca y ahogaba un grito de terror y auxilio. Ella intentó escapar dando patadas al aire, pero no logró ningún resultado; en un momento, se encontró atada a una de las sillas con la boca tapada con cinta americana. María estaba aterrorizada, su corazón latía a gran velocidad y un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
 
   En ese momento Juan salió de la habitación para reencontrarse con María, la llamó, pero no encontró respuesta, repitió su nombre sin ningún resultado así que pensó que María estaba jugando con él y se dispuso a encontrarla. Cuando llegó al salón la descubrió atada de pies y manos,  y perfectamente amordazada en aquella silla, pero antes de que pudiese hacer nada, su boca quedo sellada por la mano del ladrón que, rápidamente, le inmovilizó para terminar atado de la misma forma que María.
 
 
   Juntos en el salón, frente a frente, con la mesa preparada para celebrar su aniversario, se encontraron atados de pies y manos, inmovilizados, y amordazados, mientras el extraño se dedicaba a buscar los objetos de valor por toda la casa. Puertas abiertas, cajones tirados, jarrones rotos y mucho desorden llevaron finalmente al ladrón de nuevo al salón, buscando calmar la sed que había provocado su intensa actividad, y allí, sobre la mesa, esperándole, encontró la botella de vino de la que no pudo resistir servirse una copa que bebió con ansiedad. A la primera, siguió una segunda, más tranquila, con la que empezó a sentirse peor, hasta que sin poderlo evitar, se desplomó sobre el suelo, muerto.
 
 

   Y allí, frente a frente, las miradas de Juan y María, se encontraron de nuevo como si fuera la primera vez.

   Escrito en colaboración con mi hijo Marco.

 

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La línea

   Un día decides que lo harás y ese día el cuerpo te arderá; eres de ese tipo de personas a las que les cuesta decidir, pero que una vez tomada la decisión, sabes que la llevarás hasta el final. Ese día la harás pública y comprenderás que el camino no va a ser fácil, unas personas te dirán que eres valiente aunque por dentro piensen que estás loco, otras te lo dirán directamente y unas pocas incluso, se reirán haciendo chistes a tu costa mientras piensas que, las limitaciones de las que hablan, en realidad son suyas.

    Y entonces, cuando todo se calme y vuelvas a estar solo, comenzarás a andar el camino, un camino de pérdida en el que sin saberlo, con cada paso, dejarás de ser tú para convertirte en otro que quizá ya habías olvidado. Un camino que no existe, en el que no hay horizonte ni luz  que te guíe, un camino que aparecerá bajo tus pies con cada paso y que en realidad, serán pasos sobre el abismo.
 
      Y buscarás seguir hacia delante, cuando en realidad sabes que estás en una caída sin final en la que esperas poder desplegar unas alas que te impidan estamparte contra el suelo, ese suelo que fue justo el lugar desde donde saltaste.
   En tu caída te irás consumiendo como se consume un cigarrillo abandonado en un cenicero, e inevitablemente tratarás apagar tu ansiedad una y otra vez, intentando salvar tu vida de una muerte segura, hasta que quizá un día, comprendas que es justo ahí donde reside tu sufrimiento y que solo cuando todo tu ser se haya consumido, te dispersarás en el aire y te convertirás en viento, en una dimensión en la que las leyes que te hicieron saltar, ya no tendrán sentido.
 
   Pero ahora estás aún ahí, consumiéndote, sintiendo como ese fuego abrasador deshace lo que fuiste; estás en ese momento que luego recordarás como el más emocionante, pues ese dolor es el que te hace crecer, el que te hace más fuerte si logras comprenderlo, superarlo, disfrutarlo.
 
   Es el dolor de nacer, de crecer, de enfrentarte a lo desconocido, de luchar por tus sueños aún a riesgo de perderlos, de comprender que cada uno de esos momentos es como un anillo de crecimiento de un árbol, que debe desgarrarse cada año para seguir viviendo y que después marcarán las líneas de lo que fuiste.
 
    Ese momento es el que realmente define si estás vivo o muerto, el momento de cruzar la línea, ….. tu línea. 

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A hombros de gigantes – Inés Torremocha

Cuanto eché de menos un libro como el que os quiero presentar hoy hace unos 20 años, cuando empecé con mi carrera como comercial de productos laboratorio. Inicié esta andadura como tantas otras personas, de pura casualidad, en busca de aventuras y de salidas profesionales a una realidad que entonces se me hacía muy cuesta arriba.

  Como dice Inés en La vida es venta, un comercial no nace, se hace, y así, repleto de dudas, sin saber si avanzaba o no servía para aquella profesión, fui superando cada uno de los retos a los que se hacen referencia en el libro, que esta vez sí, está escrito por una persona que se dedica a vender «desde la primera linea de fuego«. Y es que hay muchos libros dedicados al noble arte de la venta, pero muy pocos están escritos desde la experiencia de aquel que se ha tenido que foguear en la calle, aprendiendo a base de errores, dudando, avanzando ante la dificultad.

   Es un placer descubrir como Ines Torremocha ha estructurado su libro en base a las diferentes fases reales de la vida de un comercial, y cuales son los aprendizajes y las pruebas que deberás superar en cada una de ellas antes de pasar a la siguiente. 
 
    Un lenguaje claro, cercano  y totalmente comprensible te servirán para saber en que fase te encuentras, que te queda por delante; sabrás si estás avanzando y comprenderás como los retos a los que tus clientes te van a someter te servirán para medir tu talla profesional.
 
     Y además, por si lo anterior fuera poco, este libro está construido con una premisa maravillosa, y es la de engrandecer esta profesión, darla su justo valor, ya que un comercial profesional, sin ninguna duda, es alguien que querrás tener a tu lado, pues estará enfocado en ayudarte a resolver tus problemas, tus retos, y en definitiva para que alcances tus propios objetivos.
 
     Sin duda un libro imprescindible para el profesional de hoy en día en los que por fin, cada persona empieza a comprender que necesita aprender a vender(se) sabiendo que tras cada puerta te espera una oportunidad para ayudarte a mejorar no solo a nivel profesional, sino también como ser humano.
 
 
  Gracias Inés por haberlo escrito.

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Pesadilla

    El cielo está completamente azul y el sol calienta mi cuerpo lo suficiente como para apetecerme un baño; estoy solo en ese maravilloso lugar, en el que una piscina está a la espera de que me apetezca zambullirme entre sus cristalinas aguas. Ha llegado el momento, me pongo en pie y me dirijo hacia el borde dispuesto a saltar y un instante después un universo de burbujas salen de mi cuerpo formando una estela que me hacen parecer, por un instante, un torpedo que busca el casco de un barco al que reventar.
 
     Allí zambullido, parezco estar flotando en el aire, rodeado de un  cielo que se refleja en el agua, mientras los rayos del sol centellean por doquier a mi alrededor.
   Me giro sobre mi mismo para nadar un rato y de repente descubro que las aguas se están enturbiando, volviéndose oscuras, casi negras; una inquietud me hace mirar hacia arriba esperando encontrar el cielo azul, pero densos nubarrones se ciernen sobre mí amenazando con una gran tormenta, así que busco la escalerilla para salir de allí, aunque como suele ocurrir en los sueños, de repente ya no existe. Entonces busco un borde y me dirijo nadando ansiosamente hacia él, pero justo cuando estoy a punto de alcanzarlo, empieza a elevarse sin control.
 
   Así, lo que antes era una maravillosa piscina, de repente se convierte en un pozo cada vez más profundo, y yo estoy en el fondo, envuelto por unas negras aguas que cada vez se hacen más y más viscosas; mientras allí arriba, ya a lo lejos, un breve destello de luz aún ilumina la salida justo antes de que me fallen las fuerzas.

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A hombros de Gigantes – Francisco Alcaide

   Cuando una persona se enfrenta a un cambio profesional en su vida, generalmente es consecuencia de una situación ajena tal como un ere, un cierre o un despido directo, en muy escasas ocasiones es consecuencia de una decisión propia.

 

   Tras el estupor inicial, y pasado un tiempo de shock, la persona se encuentra ante una primera toma de decisión, ¿busco de lo mío o de lo que sea?, generalmente la respuesta a la pregunta depende directamente de la situación económica a enfrentar, a menor estrés mayor suele ser la tendencia a darse tiempo para encontrar algo mejor de lo que se tenía y dentro del ámbito de lo conocido, pero a medida que la economía aprieta, disminuye el nivel de exigencia en la búsqueda hasta llegar a la frase más conocida en el ámbito de la búsqueda de empleo.

   Este cambio gradual en cuanto a la exigencia en el puesto requerido suele coincidir con una caída paulatina en la autoestima junto con cambios a nivel emocional, físico y mental. Sin ninguna duda, el reto de la búsqueda de empleo es uno de los retos más serios a los que una persona ha de enfrentarse. Habitualmente subyace un desconocimiento enorme sobre si mismos lo que deja al buscador de empleo en una situación de indefensión frente a las circunstancias que necesita superar.

   Para ayudar en esta aventura de la búsqueda de empleo toda una legión de profesionales están al abrigo de esta necesidad a través de mentorías, coaching o formación, pero sin duda, estas no pueden (ni deben) eternizarse en el tiempo, y para mantener el enfoque es necesario habituarse a estar en contacto con el propio crecimiento personal. Por este motivo abro con este post una serie de entradas en las que hablaré sobre algunos libros que sin duda allanarán el camino por la importancia de sus mensajes. 
   Subirse a hombros de gigantes, beber de las experiencias y conocimientos de los grandes del crecimiento personal es una de las vías directas hacia el éxito.
 
 
   Francisco Alcaide es un referente en el mundo del management profesional, excelente conferenciante y creador de libros de cabecera, aunque son tres de sus libros los que para mí son imprescindibles en cualquier biblioteca de crecimiento personal que se precie, la serie Aprendiendo de los Mejores en sus volúmenes I, II y III.
 
   En Aprendiendo de los Mejores vas a encontrar un índice perfecto sobre todo lo que necesitas descubrir en este camino del cambio profesional; Francisco ha reunido a los mejores y ha destilado sus conocimientos y experiencia para ofrecerte la esencia, lo más granado, desde donde podrás seguir ahondando en conocimientos según te dicten tu intuición y tus objetivos; y a esta esencia le ha añadido su propia experiencia y conocimiento sobre el mundo del cambio y crecimiento personal.

 

  Estos libros no deben leerse rápido, si tienes prisa, mejor no los abras, ya que de hecho se deben saborear muy muy despacio; paladeando cada línea, saboreando cada párrafo con una enorme atención, son libros que te invitan a la reflexión, al subrayado, y a continuar el descubrimiento con otros libros, lo que dará lugar a una malla de conocimiento que sustentará tu cambio no solo profesional sino, sin duda, también personal.

   Es posible que caigas en la tentación de buscar un resumen o en el mejor de los casos pedirle a alguien que te los preste, y no está mal, pero sin duda en cuanto te hayas acabado sus primeros capítulos sabrás que debes tenerlos, por que son libros de cabecera a los que necesitarás acudir más de una vez en función de tus futuras necesidades, ya sea buscando empleo, montando una empresa o por el sencillo placer de tenerlos.

   Mi recomendación para con ellos es que los hagas tuyos, repasa las frases que más te motiven, márcalos con lengüetas de colores, llena sus espacios en blanco con tus propias reflexiones con la seguridad de que entre sus páginas se encuentra el origen de tus problemas y las pistas para que encuentres tus propias soluciones y una vez que hayas logrado tus objetivos, querrás volver a ellos para comprender, que como no podía ser de otro modo, tu camino no fue sencillo, aunque si más llevadero subido a hombros de gigantes.

 

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La excusa de no saber cómo

   Trabajando con personas que se plantean un cambio profesional (y personal) en sus vidas, prácticamente la totalidad de ellas se acercan a mi trabajo como mentor de cambio con una pregunta aparentemente irresoluble en sus mentes, ese tipo de preguntas que empiezan en un resquicio del pensamiento y que van ocupando poco a poco espacio mental hasta llenarlo por completo, momento en que generalmente comienzan los problemas.
 
 
   Y es que este tipo de cuestiones que nos abren a la posibilidad de encontrar una nueva vía para nuestra vida chocan con la educación conductual que todos hemos recibido, cuando queremos avanzar hacia algo nuevo necesitamos saber como hacerlo.
 
   La pregunta del millón es:

¿Cómo voy a encontrar un nuevo empleo?

   Un cambio profesional es como un nacimiento, solo contamos con potencialidades, posibilidades, y por supuesto nuestra capacidad de aprendizaje; es como cuando éramos niños y aprendimos a andar, aunque ¿Recuerdas haberle preguntado a tu madre cómo hacerlo? o en caso de que tengas hijos ¿Recuerdas si ellos te lo preguntaron a ti?
 
   Estoy seguro que la respuesta a ambas preguntas es NO, y es que lo importante ante los retos de cambio nunca es el cómo llevarlos a cabo, probablemente porque hay muchos caminos para llegar a Roma como dice la famosa frase; pero si es la excusa perfecta para no iniciar el camino. Ante el primer obstáculo que nos encontramos, decidimos parar y como mucho procurar encontrar al menos uno, pero ¿para que?.
 
   El cambio profesional es una circunstancia que nos avoca a la incertidumbre en toda su magnitud, no sabemos el final de la historia, no sabemos cuándo, ni dónde acabaremos, no sabemos quién nos ayudará, y por supuesto no sabemos cómo lo haremos, y eso, amigo, son muchas preguntas sin respuesta. Nos hemos habituado a un mundo de certezas, de caminos predefinidos por recorrer para alcanzar cualquier meta, nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho, ya no nos preocupamos por conocer la receta, tan solo engullimos la comida.

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