El viejo

El viejo

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El viejo miró hacia atrás, negros nubarrones se atisbaban de nuevo en el horizonte, la oscuridad que deseó no volviese nunca, se lo estaba tragando todo otra vez.

El cielo era todavía azul y el sol calentaba aún su tez curtida, buscando poner luz en el laberinto de surcos que esa misma oscuridad había labrado su rostro hacía ya unos años, dejando una huella  mezcla de melancolía, dolor y miedo.

Él sabía que la oscuridad parece estar aún lejos, pero su experiencia le recuerda que los vientos soplan fuerte en tiempos de cambio y ya es hora de ponerse manos a la obra para evitar que el letargo de paso al odio, la violencia y la intolerancia.

En la noche más oscura, las mentes más débiles se convierten en sombras que acaban diluyendo su presencia en la oscuridad y para entonces ya nada se puede hacer salvo huir o morir en el intento.

Sus cansados dedos hicieron unas breves cuentas, entumecidos, acostumbrados al dolor y al sacrificio por lo ajeno; pensaba que la niebla tardaría más tiempo en volver, qué iluso, solo desde el caos nace la creatividad capaz de obrar el milagro de cambiarlo todo y hoy reina la mediocridad y la conformidad en el mundo.

Solo el amor puede sanar esa herida profunda que convierte la desesperación en odio, la inseguridad en violencia, el prójimo en enemigo. Solo la poesía es capaz de acallar el insulto al desconocido, con su caricia aterciopelada sobre esa alma dormida que solo tiene miedo, pero que únicamente sabe responder a la desesperanza con el terror. Solo la pintura es capaz de representar la cara del monstruo oculta tras el antifaz de un protector.

La oscuridad lo sabe, sabe que una delicada danza, una melodía armónica, pueden aplacar el odio, desarmándolo de su poder, porque son capaces de mostrar al otro como una persona libre, sencillamente distinta, creadora de comprensión donde antes solo había ignorancia.

La oscuridad sabe que la pluma o el pincel son armas de destrucción masiva que se sobreponen a la intolerancia, porque hacen a todos los hombres y mujeres iguales ante su único destino posible y es por eso que deja su borrón sobre la palabra escrita no con el ánimo de que no sea leída, sino como un símbolo de poder sobre ella.

El caos se cierne sobre el mundo que está a punto de morir, pero al viejo le da igual, esta ya no será su guerra sino la de aquellos que prefieren esconder su mirada sobre una pantalla pensando que su brillo les protegerá en la oscuridad; el viejo teme que quizá olvidaron que es la cultura, el amor y la naturaleza lo que disolverá las sombras una vez más.

Entonces, una lágrima recorrió su rostro con dificultad, pero no era por la tristeza de saber que le deparaba el futuro; su lagrima acabó en la comisura de los labios y la saboreo como el que saborea un buen vino por vez primera y luego se da cuenta que da igual, la memoria siempre es efímera salvo para el sabor de la tristeza, engañosa, cuando nos hace defender certezas que en realidad son trampantojos.

El viejo guarda en su regazo su legado, ese libro que le ayudo a romper sus cadenas cuando el hambre atenazaba su estómago, y el miedo paralizaba su corazón, ese libro que le abrió los ojos para descubrir que la oscuridad solo es ausencia de luz, y que una sola cerilla, puede convertirla en universo.

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Beach

Un paseo en blanco y negro

   Mira sus zapatillas, pero no las ve, sus pies ya están desnudos sobre la arena, por un momento fría y húmeda pero solo un instante después son engullidos por ella a un lugar ahora más cálido y seco.

Con cada paso, la experiencia se repite, y mientras camina, despacio, su mente viaja otra vez a ese lugar donde ocurrió todo; casi sin querer vuelve el dolor y la esperanza, ahora ya perdida, de recuperarlo, de abrazar lo que fue hacia solo unos días.

Un rayo de sol se escapa de entre los oscuros nubarrones que amenazan ese instante tan especial, es como una señal de que ha llegado el momento de pasar página, pero esa emoción, ese preciso soplo del tiempo, se agarra a su alma en un intento de escapar del olvido.

Las gaviotas, suspendidas en el aire, parecen colgadas de un hilo, en un lugar en el que el tiempo ha quedado congelado y el paisaje es ahora en blanco y negro. Un recuerdo brota tras una nueva lágrima, y tras ella todo parece cobrar vida, quizá sea la última, aunque el corazón le dice que será la primera de muchas por derramar para sanar su alma.

Entonces una ola cubre sus pies que se hunden aún más en la arena en un intento de  atraparla en su pasado, y al retirarse se llevan el sabor entre salado y amargo de un adiós que ya parece inevitable.

En ese instante llega la magia de la sonrisa, con el convencimiento de que muy dentro de ella aún sigue él, agarrado a su latido, como cuando hacían el amor sin saber que aquella vez sería la última , sin saber que ahora el amor estaría por siempre en su interior, porque esa noche escapó de la muerte y su latido ahora no era uno, ahora eran dos.

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Esperanza

  Si hace un año, alguien le hubiese dicho que aquella mañana la iba a pasar allí sentada, le hubiera tildado de loco.

   Pero ahora la cosa había cambiado, y mucho.

   Un rayo de sol atravesaba la ventana sorteando el sucio rastro de gotas de agua que ayer fueron capaces de volar; no dejaba de ser una metáfora de su situación, pero a aquel haz de luz le daban igual sus pensamientos, alargaba su cálido brazo hasta alcanzar por fin su blanquecino rostro para deslumbrarla.

   Una sensación de asco nació súbitamente en su interior y pudo seguirla en su avance desde el estómago a la boca, era un preludio de lo que sabía que vendría después; la boca le amargaba como si la tuviese llena de hiel, y su cuerpo ardía como si aquel veneno que le metían por las venas fuera fuego líquido.

   Hacía unos meses que su cuerpo se había revelado contra ella, el diagnóstico fue claro y la solución única. Por primera vez en su vida no tuvo que pensar que camino escoger, solo había uno posible aunque como siempre, el final volvía a ser incierto.

   A su alrededor podía ver el avance implacable de aquella enfermedad, era su futuro reflejado en ojos ajenos llenos de dolor, pero había algo más que no podía explicar, algo que continuaba allí, aunque pasasen los días. Aquellos que no reflejaban esa luz en su mirada pronto dejaban de acudir a su cita con las agujas, y por más que ella se miró en el espejo fue incapaz de encontrarla en sus propios ojos.

Su cuerpo se había consumido igual que aquellos cigarros que abandonó algún día en un cenicero, su piel era ahora gris y cuarteada, y dejaban al trasluz unas venas que cada vez eran más azules, el pelo se le caía a girones, pero no quería dejar de cepillárselo cada mañana. Su vida transcurría entre aquella anodina sala y el inodoro de su cuarto de baño, en un circulo vicioso en el que se había convertido su existencia.

   Aquella mañana, sentada en el acostumbrado asiento de color rojo, esperaba a que la enfermera le inyectara la dosis de aquel día; otro día más, otro día menos. Era la hora indicada, y de nuevo aquel rayo de luz acudió a su cita y le acarició la cara, pero aquel día decidió no apartar la cara; dejo que aquella caricia imaginaria le rozara por un instante y con ella, algo cambio.

    Miró al sol por un instante para descubrir que aquello que cegaba su vista, tambien era capaz de calentar su cuerpo, de alimentarlo.

   Entonces la enfermera le clavó la aguja, y aquel líquido verde empezó a invadir de nuevo su cuerpo, era como aquel rayo de sol, a la vez que la quemaba, le ofrecía la palabra que había estado buscando en su propia mirada.

Esperanza.

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El pellizco

    Tranquila es la vida envuelta en el cálido abrazo de la rutina, cuando todos los días son iguales y el tiempo pasa, y se enfría como una infusión que ha sido olvidada sobre alguna mesa. Plácidamente flotas por la existencia como una burbuja que se deja mecer por el viento, pensando que es tan perfecta, que tendría que ser eterna, hasta que un día te da un pellizco y de buenas a primeras comprendes la verdad. 
 
 
 
   La burbuja estalla, y miles de gotas se precipitan al vacío sin comprender como llegaron hasta allí. 
 
 
   Entonces llega el dolor, el dolor de entender cuál es la única prioridad que existe, la prioridad de seguir viviendo, de volver a flotar y vivir aunque solo sea un día más el sueño, ese que solo hace unas horas menospreciabas. 
 
 
   Y comprendes que vivías caminando sobre el filo de una navaja, a un solo traspiés de ser laminado, de desaparecer sin darte cuenta, y ves como los demás siguen allí, funambulistas sonámbulos de vidas que se olvidaron vivir. 
 
 
   Y entonces buscas de nuevo esos ojos en los que ni te fijaste, esperando que se abran de nuevo para encontrar en ellos el brillo de la esperanza, la esperanza de una sola mirada más que permita un adiós, ahora ya casi inalcanzable. 
 
 
   Y acompasas tu respiración con la suya, intentando que no pare, hasta que te das cuenta de que su fragilidad es la tuya, ese hilo tan fino es el que te mantiene unido a aquellos que amas, y que sin él, perderías para siempre. 
 
 
   Y pasan los días, ahora eternos, a la espera de una señal, mientras el frío hace tu aliento tangible, y los pasos hacia su destino te dan miedo, miedo a sentirte tan frágil, tan volátil, tan insignificante. 
 
 
   Y a tu alrededor sientes el dolor del tiempo terminado, preámbulo de un futuro incierto; son las gotas de esa burbuja que acaba de estallar, y que se hacen lágrimas, surgiendo como un tsunami que llega a la playa tras ser anunciado, y lo arrasa todo a su paso, y ves cómo durante ese tiempo congelado en vidas ajenas, el dolor deja solo desconsuelo y soledad. 
 
 
   Y entonces, se obra el milagro, el milagro de poder ver al otro como lo que realmente es, solo un ser humano desnudo frente a la única verdad, y te abre los brazos para sentir un latido, aunque sea extraño, pero sin duda capaz de evitar ser arrastrado por la tristeza, y siente tu calor y tú el suyo, y sus lágrimas, mojan tu cara, y comprendes que una nueva oportunidad nace allí, la oportunidad de comprender que solo te queda el presente, ese instante tan esquivo que tiene la habilidad de esconderse entre las sombras de tu rutina.
 

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El Aniversario

   María y Juan eran matrimonio desde hacía 15 años; vivían en un maravilloso apartamento en la calle Serrano de Madrid; desde su cuarto piso podían disfrutar las vistas de la ciudad. El ruido de la gran urbe se filtraba por las ventanas desde donde podían escucharse el rugido de los coches, las sirenas de la policía y hasta los ladridos de los perros.
 
 
   Era una fría tarde de invierno, como aquella en la que decidieron unir sus vidas diez años atrás contrayendo matrimonio. Habían decidido celebrarlo por todo lo alto con una cena romántica a la luz de las velas.
 
 
   María se dispuso a preparar la mesa frente a la ventana, le parecía el lugar perfecto para disfrutar de aquel momento junto a su esposo, desde allí se disfrutaba la vida cotidiana de la ciudad. Mientras, en la cocina, Juan preparaba una rica cena compuesta de mariscos y carne; intensos aromas se dispersaron por todo el apartamento anticipando el gran banquete mientras a luz de la velas le daban al salón su aspecto más íntimo y romántico.
 
   María había comprado uno de los mejores vinos que había podido encontrar, sabía que a Juan le encantaría disfrutarlo, y aunque a ella no le gustaba beber alcohol, la ocasión lo merecía. Colocó la botella cerca del plato donde Juan comería, convirtiéndose sin pretenderlo, en el protagonista de la mesa.
 
 
   Juan terminó de preparar la cena y se dirigió a su habitación para vestirse para la ocasión con su mejor traje y corbata mientras María, ya preparada, se quedó sola en el salón, momento que aprovechó para descorchar la botella de vino. 
 
   Con delicadeza dejó el corcho sobre la mesa, metió su mano en el bolsillo y con mucho cuidado, sacó un pequeño sobrecillo que abrió con sigilo, para verter su contenido dentro de la botella. Un polvo blanquecino que enturbió por un instante el rojizo color del vino, para después, recuperar su color inicial. 
 
   Tras dejar la botella en su lugar, María se dirigió a la cocina donde tiró el sobre a la basura mientras una lágrima mojaba su mejilla. Después, se sentó en el sofá a esperar a Juan cuando de repente, escuchó como la puerta del apartamento se abría a su espalda, y vio como un desconocido con pasamontañas entraba y se dirigía a ella para agarrarla fuertemente con su mano derecha para inmovilizarla, mientras con su mano izquierda tapaba su boca y ahogaba un grito de terror y auxilio. Ella intentó escapar dando patadas al aire, pero no logró ningún resultado; en un momento, se encontró atada a una de las sillas con la boca tapada con cinta americana. María estaba aterrorizada, su corazón latía a gran velocidad y un escalofrío recorrió todo su cuerpo.
 
   En ese momento Juan salió de la habitación para reencontrarse con María, la llamó, pero no encontró respuesta, repitió su nombre sin ningún resultado así que pensó que María estaba jugando con él y se dispuso a encontrarla. Cuando llegó al salón la descubrió atada de pies y manos,  y perfectamente amordazada en aquella silla, pero antes de que pudiese hacer nada, su boca quedo sellada por la mano del ladrón que, rápidamente, le inmovilizó para terminar atado de la misma forma que María.
 
 
   Juntos en el salón, frente a frente, con la mesa preparada para celebrar su aniversario, se encontraron atados de pies y manos, inmovilizados, y amordazados, mientras el extraño se dedicaba a buscar los objetos de valor por toda la casa. Puertas abiertas, cajones tirados, jarrones rotos y mucho desorden llevaron finalmente al ladrón de nuevo al salón, buscando calmar la sed que había provocado su intensa actividad, y allí, sobre la mesa, esperándole, encontró la botella de vino de la que no pudo resistir servirse una copa que bebió con ansiedad. A la primera, siguió una segunda, más tranquila, con la que empezó a sentirse peor, hasta que sin poderlo evitar, se desplomó sobre el suelo, muerto.
 
 

   Y allí, frente a frente, las miradas de Juan y María, se encontraron de nuevo como si fuera la primera vez.

   Escrito en colaboración con mi hijo Marco.

 

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La línea

   Un día decides que lo harás y ese día el cuerpo te arderá; eres de ese tipo de personas a las que les cuesta decidir, pero que una vez tomada la decisión, sabes que la llevarás hasta el final. Ese día la harás pública y comprenderás que el camino no va a ser fácil, unas personas te dirán que eres valiente aunque por dentro piensen que estás loco, otras te lo dirán directamente y unas pocas incluso, se reirán haciendo chistes a tu costa mientras piensas que, las limitaciones de las que hablan, en realidad son suyas.

    Y entonces, cuando todo se calme y vuelvas a estar solo, comenzarás a andar el camino, un camino de pérdida en el que sin saberlo, con cada paso, dejarás de ser tú para convertirte en otro que quizá ya habías olvidado. Un camino que no existe, en el que no hay horizonte ni luz  que te guíe, un camino que aparecerá bajo tus pies con cada paso y que en realidad, serán pasos sobre el abismo.
 
      Y buscarás seguir hacia delante, cuando en realidad sabes que estás en una caída sin final en la que esperas poder desplegar unas alas que te impidan estamparte contra el suelo, ese suelo que fue justo el lugar desde donde saltaste.
   En tu caída te irás consumiendo como se consume un cigarrillo abandonado en un cenicero, e inevitablemente tratarás apagar tu ansiedad una y otra vez, intentando salvar tu vida de una muerte segura, hasta que quizá un día, comprendas que es justo ahí donde reside tu sufrimiento y que solo cuando todo tu ser se haya consumido, te dispersarás en el aire y te convertirás en viento, en una dimensión en la que las leyes que te hicieron saltar, ya no tendrán sentido.
 
   Pero ahora estás aún ahí, consumiéndote, sintiendo como ese fuego abrasador deshace lo que fuiste; estás en ese momento que luego recordarás como el más emocionante, pues ese dolor es el que te hace crecer, el que te hace más fuerte si logras comprenderlo, superarlo, disfrutarlo.
 
   Es el dolor de nacer, de crecer, de enfrentarte a lo desconocido, de luchar por tus sueños aún a riesgo de perderlos, de comprender que cada uno de esos momentos es como un anillo de crecimiento de un árbol, que debe desgarrarse cada año para seguir viviendo y que después marcarán las líneas de lo que fuiste.
 
    Ese momento es el que realmente define si estás vivo o muerto, el momento de cruzar la línea, ….. tu línea. 

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Pesadilla

    El cielo está completamente azul y el sol calienta mi cuerpo lo suficiente como para apetecerme un baño; estoy solo en ese maravilloso lugar, en el que una piscina está a la espera de que me apetezca zambullirme entre sus cristalinas aguas. Ha llegado el momento, me pongo en pie y me dirijo hacia el borde dispuesto a saltar y un instante después un universo de burbujas salen de mi cuerpo formando una estela que me hacen parecer, por un instante, un torpedo que busca el casco de un barco al que reventar.
 
     Allí zambullido, parezco estar flotando en el aire, rodeado de un  cielo que se refleja en el agua, mientras los rayos del sol centellean por doquier a mi alrededor.
   Me giro sobre mi mismo para nadar un rato y de repente descubro que las aguas se están enturbiando, volviéndose oscuras, casi negras; una inquietud me hace mirar hacia arriba esperando encontrar el cielo azul, pero densos nubarrones se ciernen sobre mí amenazando con una gran tormenta, así que busco la escalerilla para salir de allí, aunque como suele ocurrir en los sueños, de repente ya no existe. Entonces busco un borde y me dirijo nadando ansiosamente hacia él, pero justo cuando estoy a punto de alcanzarlo, empieza a elevarse sin control.
 
   Así, lo que antes era una maravillosa piscina, de repente se convierte en un pozo cada vez más profundo, y yo estoy en el fondo, envuelto por unas negras aguas que cada vez se hacen más y más viscosas; mientras allí arriba, ya a lo lejos, un breve destello de luz aún ilumina la salida justo antes de que me fallen las fuerzas.

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La marca

   Como cada cumpleaños, aquel día se pasó volando entre risas, regalos y felicitaciones, los quince años le acercaban un poco más a la ansiada mayoría de edad que tanto anhelaba. El olor de la cera, los flashes cegadores de los teléfonos móviles, y la tarta de zanahoria que le hacía su madre le sonaron a lo de siempre, nada parecía haber cambiado en los últimos años.
 
   Cansada y feliz recogió sus regalos antes de ir a la cama para llevarlos a su habitación, entre ellos, un pijama con motivos navideños despertó su atención en aquel mes de septiembre y no pudo esperar a que llegara el frío para ponérselo, por lo que decidió estrenarlo esa misma noche.
 
   Se puso delante del espejo para vestirlo, y entonces la encontró.  Allí, como si acabara de aparecer de entre sus clavículas, una mancha con forma de mariposa sobre su piel llamó poderosamente su atención; dejó el pijama en el suelo y durante unos minutos recorrió su forma con los dedos, descubriendo lo excepcional de aquella marca, probablemente única en el mundo.
 
    Así como estaba, salió al salón a mostrarle la extraña marca a sus padres, que andaban atareados recogiendo los restos de la recién acabada fiesta, y al verla no la dejaron ni hablar.
 
– Susana, ve a tu cuarto a ponerte algo encima, te vas a constipar. – Le reclamo su madre.
 
– Espera Mama, dijo ella. Tengo algo que enseñaros. Es alucinante.
 
   Pero los quehaceres domésticos los tenían totalmente absorbidos, y su padre terminó con sus aspiraciones con un
 
– Susana, luego, ahora haz lo que te pidió tu madre.
 
 
 
   Susana se enfado y se fue a su cama, donde se quedó dormida pensando en la reacción que tendrían sus amigos en el colegio al día siguiente, mientras con la mano sobre la marca parecía querer evitar que aquella mariposa saliese volando en libertad.
 
 
    Las cosas no fueron mejor en el colegio al día siguiente, sus amigos apenas si la hicieron caso, pues cada uno de ellos estaba ansioso por contar sus experiencias durante las vacaciones del mes de agosto y así, a pesar de sus continuas llamadas de atención, no hubo forma de enseñarles su marca.
 
 
     Sin duda aquella marca la hacía única en el mundo y sintió que todo el mundo debía comprender lo excepcional que era, lo excepcional que la hacía, así que empezó a pensar en como llamar la atención para lograr tener una oportunidad de mostrarles su tesoro más oculto. Primero fueron los vestidos llamativos que dejaban al descubierto aquella especie de hechizo encarnado en forma de mariposa, después fueron los colgantes de colores, a lo que siguieron cambios de peinado hasta que finalmente y ante la imposibilidad de mostrar al mundo su preciado tesoro, cayo en una profunda depresión.
 
    Nadie la entendía, era excepcional, única, especial gracias a aquella maravillosa marca y sin embargo a nadie le importaba, nadie estaba dispuesto a perder un minuto en admirar su belleza, su autenticidad.
 
    Su familia, sus amigos, nadie parecía comprender que era lo que había provocado aquella situación, mientras la tristeza seguía engullendo su corazón bajo las sábanas de su cama. Pero aún así, Susana siempre dejaba un espacio para que la mariposa pudiese ser contemplada, admirada, en la esperanza de que ese día llegase e iluminara su existencia.

   Julián abrió temeroso la puerta de su habitación, que se mantenía casi siempre en penumbra; entonces un hálito de tristeza se escapó por la rendija, mientras preguntaba a Susana si podía entrar.
 
– Pasa, Julián, pasa, pero no enciendas la luz, me hace daño a los ojos. – Dijo Susana con un hilillo de voz.
 
    Julián se acercó a la cama buscando la cara de Susana entre las sábanas, y allí, entre ellas, descubrió la cara ojerosa de su prima. Ni corto ni perezoso se abalanzó sobre ella agarrándola con sus bracitos para liberarse del miedo a la oscuridad que le había agarrotado el alma segundos antes.
 
    Susana y él hablaron durante un rato hasta que de pronto Julián se quedo embobado mirando fijamente la marca de Susana.
 
– Prima, ¿Qué hace una mariposa en tu pecho?
 
   Susana se incorporó en su lecho, con una expresión de incredulidad en el rostro. 
 
– ¡ Julián es el único que se ha dado cuenta ! – Pensó Susana.
 
– Primo, este es mi tesoro escondido, lo que me hace única en este mundo. – Dijo Susana.
 
 
   Julián se quedó pensativo un instante para acabar diciendo
 
 
– Prima, ya eras única antes de que viera tu mariposa.
 

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El golpe de gracia

   Tumbado sobre el campo de batalla, miraba a la cara a aquel que sería su último contrincante, no podía comprender que había pasado; durante años se preparó para el combate aprendiendo de los mejores, conocía las técnicas romanas, egipcias, espartanas, bárbaras e incluso las orientales, pero ninguna de ellas le había servido de mucho frente a aquel rival.
 
   Era una emoción desconocida para él, que siempre se había considerado invulnerable, inasequible al desaliento; una emoción mezcla de nostalgia, miedo e ira que le envolvía por completo, pero ni aún aquella energía le había servido en esta ocasión. Ahora, a punto de recibir el golpe de gracia, yacía en el suelo sintiendo como todo su poder se escapaba por sus heridas. El cuerpo cubierto de golpes, su alma marchita por la desilusión y su espíritu derrotado, no eran capaces de comprender como había ocurrido; todo su ser sentía que era el final, y de alguna forma aquello lo tranquilizaba, aun sabiendo que probablemente no habría un después.
   Aquel último combate había sido muy duro, estaba totalmente exhausto debido a la cantidad de golpes que había lanzado, pero ninguno de ellos había conseguido alcanzar a su contrincante, que estaba ahora junto a él mirándole desde arriba; en su rostro, un rictus implacable hacía presagiar lo peor, ni un ápice de benevolencia en sus ojos, unos ojos que en aquel momento se le hicieron familiares, ya cuando el último soplo de vida empezaba a escapársele del pecho.
 
    Su vida había sido una constante lucha en busca de  victorias que se habían acumulado una tras otra, reportándole todo lo que se supone debía honrar a un caballero, pero aquel último rival se lo había arrebatado todo, ya no le quedaba nada, salvo aquella figura humana junto a él, esperando su final.
 
 
   Fue entonces cuando lo comprendió , dejarse morir era la derrota en si misma pero ya no le importaba, ese no era el final que quería, ese no era el final que buscaba su enemigo, entonces, decidió que moriría luchando, hasta dejar en la espada de su rival la última gota de su sangre para que con ella, pudiera escribir su epitafio; gritando de dolor y rabia, se giró sobre si mismo, y apoyó los puños sobre el suelo para ponerse en pie, y entonces, cuando levanto la mirada, se encontró con su propia sonrisa.
 

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Una pregunta incomoda

   Nunca olvidaré aquella tarde de verano en compañía de abuelos, tíos y padres en torno a aquel roble milenario; allí, bajo su generosa sombra, podíamos disfrutar de una temperatura más o menos soportable durante los meses estivales, cuando el sol recalentaba tanto las piedras que hasta las lagartijas huían de ellas.
 
 
   Sobre aquel mantel enorme de cuadros blancos y azules, compartíamos la sobremesa refrescándonos con té frío y un botijo que no paraba de sudar. La alberca no estaba lejos, pero los adultos nos impedían zambullirnos en ella hasta que no hubiésemos «hecho la digestión«. Las chicharras ahogaban cualquier otro sonido en la dehesa con su canto ensordecedor y el cielo azul presagiaba otra noche en vela.
 
   Aquellas dos largas horas se alegraban gracias a juegos de cartas , historias de pueblo, y otras batallitas, algunas inventadas por la imaginación de la abuela y otras reales relatadas magistralmente por los abuelos sobre aquellas aventuras vividas durante los años del hambre.
 
    En esas, el primo Julián, el más pequeño de la familia, tuvo una ocurrente pregunta mientras tumbado boca arriba sobre el mantel, jugaba a evitar los rayos de luz que se escapaban a través de la copa del roble; aquella pregunta quedó como flotando en el aire durante unos breves instantes, hasta que todos rompieron a reír ante la evidencia de la respuesta.
– ¿Para que sirve un árbol?.-  consultó Julián en esa época mágica en la que todo se convierte en una pregunta para encontrar nuestro lugar en el mundo.
 
–  Vaya ocurrencias que tienes hijo, pues para que va a servir. – Contesto su madre.
 
   Las respuestas fueron profusas y variadas en función de la persona que las hacía.
 
– Un árbol nos da sombra.
– Un árbol nos ofrece generosamente sus frutos.
– Un árbol nos permite construir casas, muebles y hasta ornamentos.
– Un árbol nos ofrece su resina.
– Sus flores nos alegran la vista.
– Un árbol refresca el aire y nos permite respirar.
– Abrazarnos a un árbol nos da paz y equilibra nuestros chakras.
– Incluso inspira al artista o sirve de apoyo para que juegues tu, Julián.
 
 
    Julián quedo pensativo un instante colocando todo aquello en su cerebro, y mientras, todos nosotros mantuvimos la respiración esperando una nueva ocurrencia que nos hiciera reír de nuevo, pero no hubo respuesta sino una nueva pregunta.
 
– Vale, y nosotros ¿para que les servimos a ellos?.

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