El viejo
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El viejo

El viejo miró hacia atrás, negros nubarrones se atisbaban de nuevo en el horizonte, la oscuridad que deseó no volviese nunca, se lo estaba tragando todo otra vez.

El cielo era todavía azul y el sol calentaba aún su tez curtida, buscando poner luz en el laberinto de surcos que esa misma oscuridad había labrado su rostro hacía ya unos años, dejando una huella  mezcla de melancolía, dolor y miedo.

Él sabía que la oscuridad parece estar aún lejos, pero su experiencia le recuerda que los vientos soplan fuerte en tiempos de cambio y ya es hora de ponerse manos a la obra para evitar que el letargo de paso al odio, la violencia y la intolerancia.

En la noche más oscura, las mentes más débiles se convierten en sombras que acaban diluyendo su presencia en la oscuridad y para entonces ya nada se puede hacer salvo huir o morir en el intento.

Sus cansados dedos hicieron unas breves cuentas, entumecidos, acostumbrados al dolor y al sacrificio por lo ajeno; pensaba que la niebla tardaría más tiempo en volver, qué iluso, solo desde el caos nace la creatividad capaz de obrar el milagro de cambiarlo todo y hoy reina la mediocridad y la conformidad en el mundo.

Solo el amor puede sanar esa herida profunda que convierte la desesperación en odio, la inseguridad en violencia, el prójimo en enemigo. Solo la poesía es capaz de acallar el insulto al desconocido, con su caricia aterciopelada sobre esa alma dormida que solo tiene miedo, pero que únicamente sabe responder a la desesperanza con el terror. Solo la pintura es capaz de representar la cara del monstruo oculta tras el antifaz de un protector.

La oscuridad lo sabe, sabe que una delicada danza, una melodía armónica, pueden aplacar el odio, desarmándolo de su poder, porque son capaces de mostrar al otro como una persona libre, sencillamente distinta, creadora de comprensión donde antes solo había ignorancia.

La oscuridad sabe que la pluma o el pincel son armas de destrucción masiva que se sobreponen a la intolerancia, porque hacen a todos los hombres y mujeres iguales ante su único destino posible y es por eso que deja su borrón sobre la palabra escrita no con el ánimo de que no sea leída, sino como un símbolo de poder sobre ella.

El caos se cierne sobre el mundo que está a punto de morir, pero al viejo le da igual, esta ya no será su guerra sino la de aquellos que prefieren esconder su mirada sobre una pantalla pensando que su brillo les protegerá en oscuridad; el viejo teme que quizá olvidaron que es la cultura, el amor y la naturaleza lo que disolverá las sombras una vez más.

Entonces, una lágrima recorrió su rostro con dificultad, pero no era por la tristeza de saber que le deparaba el futuro; su lagrima acabó en la comisura de los labios y la saboreo como el que saborea un buen vino por vez primera y luego se da cuenta que da igual, la memoria siempre es efímera salvo para el sabor de la tristeza, engañosa, cuando nos hace defender certezas que en realidad son trampantojos.

El viejo guarda en su regazo su legado, ese libro que le ayudo a romper sus cadenas cuando el hambre atenazaba su estómago, y el miedo paralizaba su corazón, ese libro que le abrió los ojos para descubrir que la oscuridad solo es ausencia de luz, y que una sola cerilla, puede convertirla en universo.

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