Trabajando con personas que se plantean un cambio profesional (y personal) en sus vidas, prácticamente la totalidad de ellas se acercan a mi trabajo como mentor de cambio con una pregunta aparentemente irresoluble en sus mentes, ese tipo de preguntas que empiezan en un resquicio del pensamiento y que van ocupando poco a poco espacio mental hasta llenarlo por completo, momento en que generalmente comienzan los problemas.
Y es que este tipo de cuestiones que nos abren a la posibilidad de encontrar una nueva vía para nuestra vida chocan con la educación conductual que todos hemos recibido, cuando queremos avanzar hacia algo nuevo necesitamos saber como hacerlo.
La pregunta del millón es:
¿Cómo voy a encontrar un nuevo empleo?
Un cambio profesional es como un nacimiento, solo contamos con potencialidades, posibilidades, y por supuesto nuestra capacidad de aprendizaje; es como cuando éramos niños y aprendimos a andar, aunque ¿Recuerdas haberle preguntado a tu madre cómo hacerlo? o en caso de que tengas hijos ¿Recuerdas si ellos te lo preguntaron a ti?
Estoy seguro que la respuesta a ambas preguntas es NO, y es que lo importante ante los retos de cambio nunca es el cómo llevarlos a cabo, probablemente porque hay muchos caminos para llegar a Roma como dice la famosa frase; pero si es la excusa perfecta para no iniciar el camino. Ante el primer obstáculo que nos encontramos, decidimos parar y como mucho procurar encontrar al menos uno, pero ¿para que?.
El cambio profesional es una circunstancia que nos avoca a la incertidumbre en toda su magnitud, no sabemos el final de la historia, no sabemos cuándo, ni dónde acabaremos, no sabemos quién nos ayudará, y por supuesto no sabemos cómo lo haremos, y eso, amigo, son muchas preguntas sin respuesta. Nos hemos habituado a un mundo de certezas, de caminos predefinidos por recorrer para alcanzar cualquier meta, nos hemos acostumbrado a que nos lo den todo hecho, ya no nos preocupamos por conocer la receta, tan solo engullimos la comida.