Me pregunto ¿Qué hago aquí, entre tanta gente? Avanzo rodeado de personas desconocidas en una misma dirección, personas de todo tipo, niños pequeños acompañados por sus padres con una expresión de preocupación en sus ojos, adolescentes que lo hacen hacia atrás, ancianos que se ayudan de sus bastones, y algunos que marchan distraídos ensimismados en una conversación con su compañero de camino.
Avanzan en coche o moto aquellos que creen que necesitan llegar primero, avanzan arrastrándose por el suelo, o en silla de ruedas, avanzan de noche y de día sin detener su rumbo, en masa.
La carrera empezó hace algún tiempo, en un pasado que nadie podía recordar, y ahora ya nadie se atrevía a parar, los cuerpos sin vida de aquellos que paraban se acumulaban en los bordes del camino, nadie sabía si morían víctimas del agotamiento o porque en algún momento intentaron salirse de él.
Un niño llora un poco más adelante, se resiste a avanzar y sus padres tiran de él en un intento desesperado de continuar la marcha.
Llevan días marchando, sin descanso, por ese camino que se abre ante ellos sin un destino concreto, salvo el mero hecho de continuar en él, en un viaje a ninguna parte.
De cuando en cuando la carretera se bifurca y todo el mundo sigue el mismo desvío sin preguntarse quien fue el primero en tomar aquella decisión, entonces, allá a lo lejos vuelve a ocurrir, una nueva bifurcación se abre ante ellos y todo el mundo toma el camino de la derecha, nadie lo cuestiona. Entonces, un momento de duda se cruza en mi mente y pone en jaque a la certidumbre, pienso en que me podría esperar tras esa curva, quizá un precipicio o una ruta sin salida, o quizá unas alimañas hambrientas que quieren convertirme en el primer bocado de la mañana.
Al rato ya había tomado aquella pequeña curva y allí estaba en medio de ninguna parte, andando, perdido, sin rumbo, sin destino, sin final, solo enfrentado a mis propios miedos e incertidumbre, maldiciendo aquella decisión sin meditar.
Avanzo en esa carrera que se acaba de convertir en paseo, porque ya no hay competición, paseo porque ya no puedo compararme con los otros, ya no se si voy deprisa o despacio, paseo porque ya no hay cuerpos que sortear y entonces descubro que la verdadera carrera, el desafío lo llevo dentro de mi, no eran realmente competidores aquellos compañeros de viaje sin final, sin destino ni propósito, más allá que el de seguir avanzando.
Entonces el miedo se diluye entre el cálido aire que me acaricia el rostro esa mañana, nunca había reparado en él, escucho por vez primera el trinar de los pájaros a mi alrededor y el camino se empieza a disolver bajo mis pies con cada paso.
Me descubro en medio de una pradera cubierta de flores, arboles me rodean por doquier cargados de frutos y entonces, bajo uno de esos manzanos veo un grupo de personas sentadas sobre un mantel, uno de ellos me hace una seña con la mano invitándome a compartir .
Entonces comprendo que no había carrera alguna, no existía un camino, ni una meta, el principio y el fin estaban en mi, en todos y cada uno, aquí y ahora.
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